Un día de estos

Mire que me hizo muchas Doctor, pero lo de la carta es lo peor, lo peor. Siempre yendo y viniendo. Que no podemos seguir mas, que me tengo que ir lejos, que te tengo que dejar. Pero siempre vuelve, de repente se aparece como si nada, como si no me hubiera hecho llorar y putearla. Es que me mira con esos ojazos verdes, me besa como me besó la primera vez, me hace temblar como la primera vez. ¿Vio como cuando tiene un escalofrío? Me pone la piel de gallina y yo me olvido de todo, y solo quiero estar con ella, ahí acostados, mirando el techo, las nubes o las estrellas. Porque siempre que viene tenemos la misma rutina, nos besamos, nos acostamos, hacemos cosas. Ud. sabe Doctor, cosas, nos tocamos, cosas de enamorados, cosas. Y siempre la siento acurrucarse contra mi y dormirse abrazada. Después le debe agarrar remordimiento, culpa, que se yo, pero me dice que ya no puede quedarse, que no podemos seguir y se va. ¡Y cuando la vuelvo a ver se ríe cuando le reprocho sus abandonos, Doctor! Me dice que son cosas mías. Pero lo de la carta no se lo perdono, no. Se pasó, me hizo quedar como un boludo en el colegio, Doctor. Ah, Cuando la conocí… ¿A ver? Si, en el verano, mi hermana estaba con sus amigas en la pileta, ella estaba ahí con ellas, creo. Yo sentía ese viento fresco de verano que corre debajo del duraznero, ahí tirado en el pasto, jugando con los rayos de sol que esquivan las hojas del árbol. Y ahí la vi parada, mirándome, con esa sonrisa llena de tristeza y esos ojos que te dan ganas de besarla cuando los ves. Pero ella fue la que me robó el beso, es que si no nunca hubiera sucedido, Doctor. Las mujeres me dan miedo, bah, toda la gente me da miedo. ¿En que estaba? Si, debajo del duraznero, nos besamos y acostamos mirando el cielo, las nubes y la vi dormirse por primera vez, y esa vez también la vi irse llorando. Y creí que no la vería más y encima la guacha de mi hermana no me quería decir quien era, me decía que  no tenia ninguna amiga así, Doctor. Todo para que no la fuera a buscar, ¡mire que le rogué! A mi hermana no le gusta verme bien, es hermanastra, solo para que vea por qué le digo que… ella no me banca, ¿Vió?. Bueno, estaba resignado pero volvió sola una noche, estaba acá en mi cuarto y yo la necesitaba mas que nunca y me miró y me volvió a besar. Me olvidé cuanto la había llorado, y todo el dolor se fue con ese beso que era el mismo de la primera vez. Y me volvió a dejar y la volví a llorar y así muchas veces, Doctor. A lo ultimo yo ya no la lloraba, porque ahora sabia que volvería cuando me sintiera solo, ella rompería la promesa de no volver y me besaría otra vez. Siempre es asi, me siento solo y ella viene, y se me pasa todo, es como un reset. Todo se arregla. ¿Lo de la carta? La encontré ahí, entre mis cosas la última vez que se fue. Una carta rosa, perfumada. Decía que ya no podía ceder a mi soledad, que eramos de mundos distintos, que se tenia que ir lejos y que mejor me busque una novia de verdad. Todo lo que siempre me decía pero escrito. Por un lado me alegré, tengo como documentar mi próximo reproche. Pero eso no fue lo que me hizo enojar. Porque era lo mismo de siempre. El tema fue al otro día. Estaba en el colegio y Gutierrez, que es un gordo zángano que se burla de todos y es un pobre pibe, ese infeliz justo me encuentra la carta, y me empieza a cargar. “Ay, ¿a ver que le escribió la noviecita?” y la lee en voz alta y toda la división me cargaba, se reían a carcajadas. Si ya sé que no es culpa de ella, Doctor, pero eso no es lo que me molesta. Porque lo peor vino después, porque a Gutierrez de repente le cambió la cara, como si hubiera tenido una revelación y el hijo de puta se empieza a reír con ese vozarrón de gordo ignorante que tiene. Y yo no entendía porque ya había terminado de leer y no había nada más de que burlarse. Y el gorila empieza a correr alrededor del aula, todo colorado estaba, desencajado, ¡con una cara de triunfo!, como si hubiera metido un gol en la Bombonera, revoleando la carta por el aire como un trofeo y gritando “¡Es tu letra, es tu letra, la novia es de mentira, es mentira!”. ¡Mi letra Doctor! ¡La turra escribió con mi letra! ¡¿Y que se yo para que lo hizo?! Para que no la quiera ver más, seguro. Quiere que la eche, porque ella no se anima, no puede dejarme. ¿Que, Ma? No hablaba con nadie, Ma. No, solo tampoco, tarareaba una canción. ¿Cuanto van a tardar? ¿Hay de comer? No, yo solo Ma, bueno quizás se aparezca mi novia. Un día de estos, Ma, un día de estos te la presento.

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El espejo

Un espejo, el hombre parado allí. No soy yo, o al menos eso creo, como saberlo. La luna, la luz de la luna entrando por la ventana. Los postigones de hierro dividen la luz como mil cuchillas, la luz de la luna sobre el cuerpo de la mujer. La mujer desnuda allí, durmiendo. Podría dibujar esta escena, mil veces esta escena. Y despierto, y me falta el agua, la boca seca y mejor me levanto, lavo mi cara en el espejo y claro no soy yo, el hombre del sueño. Pero como saber si es un sueño, si no son recuerdos de otras vidas o imagenes del futuro o de los muertos. Mejor lavar mi cara, peinarme, el tren no espera. El mismo tren una y mil veces, que sale de Once, que me lleva a mi destino de viajante, de Textil Fernandez, y me trae mil veces más a don Abraham, y como es que le conservó Textil Fernandez y no Textil Guinsberg, que es mejor para el negocio, hay que despistar pibe.

El Critica debajo del brazo, la valija con las muestras y la muda de ropa, el café a las apuradas, el tiquet a Pergamino, o Trenque Lauquen o Bahía Blanca o donde don Abraham haya dispuesto. Y ya salimos de la mole madrugadora, y Buenos Aires detrás y el chancho que pide boleto, y aquí tiene y cuanto tardaremos y podés dormir tranquilo pibe, yo te aviso. Pero el guarda que no sabe que a mi sueño lo domina un espejo y un hombre (que creo no ser yo, pero quien sabe). Y las vacas que pasan. Y pasa campo, la pampa que transcurre bajo el tren. La cabeza que golpea contra el vidrio y el que tren, que tren, y el sueño viene, aunque quiera estar despierto, repasando las órdenes de don Abraham, que la cuenta nueva, que la tienda Rojas, que te vas para arriba pibe si me traes un buen pedido. Pero el sueño llega como la vejez llega, como la muerte. Y llega el espejo. Llega el hombre parado allí. Quizás intuya una leve sonrisa en el rostro, pero no. La luna, la luz de la luna que entra por las rendijas y se abre y busca el cuerpo de la mujer desnuda, de la mujer amada (y en realidad sólo intuyo que es amada). Ahogo y boca seca, es lo de siempre, despierto y miro la estación y no sé si es, son todas iguales y todavía no, todavía no es. Pero venden un café aguado y eso calma esa sensación de agobio cada vez que se viene el espejo y el hombre. Y ultimamente es todas las veces. Mejor distraer la mente, tararear algún tanguito, y Chorra vos tu vieja y tu papá o Sur, paredón y después. Mejor mirar el Crítica, los preparativos de la velada del Luna, las bravuconadas del Mono, las proezas de la máquina y el Charro que otra vez lo vieron con unas bataclanas pero llegó y metió tres goles y todos felices en el millonario. Y el Coronel del pueblo, que parece que se pirovea a la estrellita de moda, y ningún gil el coronel. O tal vez pensar en la sonrisa de la Ñata, mi petisa, que contenta se va a poner si don Abraham me da el aumento y la comisión por la cuenta nueva y quien te dice es verdad, me voy para arriba, lo enfrento a don Cosme y le pido casamiento con la Ñata. Pobrecita la petisa, que paciencia, se la aguanta, no dice nada solo me sonríe y espera.

La estación es una más, una de tantas, una igual a todas las estaciones de la pampa húmeda, pero es mi destino hoy. Parado en el medio del andén, se desarma el cotilleo que se arma cada vez que llega al tren en estos pueblos, la gente que espera al Dotor Gutierrez, como va, todo bien y la familia o al nene que viene de la capital, y que flaquito estas, no me comés, mirá las ojeras que tenés, hijo ‘e tigre piensa el viejo. Y solo hay que esperar, nadie va a buscar un viajante a la estación, somos como fantasmas que no se notan, apenas te perciben si te chocas con ellos. Y entonces, si, disculpe la molestia, la tienda Rojas, no tiene como perderse, siga dos cuadras, la plaza San Martín (siempre San Martín, la plaza), la iglesia, la escuela y ahi la tienda Rojas, le agradezco, faltaba más. Y la calor que se nota, no tanto como en el centro, pero a las dos cuadras se nota, la gota gorda, y ahi la tienda, y no había como perderse.

Acomodar la corbata, el funji, planchar la camisa con la mano. Como le va, encantado, Cesar Campana de Textil Fernandez, estará la señora de Rojas, con ella habla, Paola de Rojas, mucho gusto, que agradable sorpresa, tan joven la señora. Entonces, no sé de donde viene, y soy como un actor del biógrafo, como un Clark Gable que sabe que decir, viene como un don de seducción, y le hablo de las telas y acaricio las muestras y le hablo de los vestidos de las Legrand, de la franela de Del Carril, y las telas importadas y la calidad y la miro a los ojos, esos ojos negros de doña Paola, la mujer de Rojas, y rozamos nuestras manos, y el rubor, la risa nerviosa y que le parece nuestro catálogo y las consignaciones y el crédito y que lindos labios tiene pienso, y ella se acomoda el pelo detrás de su oreja y hasta cuando se queda, y hasta mañana podría para seguir en el tren hacia el proximo pueblo, y entonces mañana le tengo un pedido, le parece, me parece, disculpe la molestia me recomienda alguna pensión decente, claro aqui enfrente tiene a Doña Rosa, con baño privado, y me muero por darle un beso, para mi con una cama y poder refrescarme es suficiente, será hasta mañana, hasta mañana.

Una cama es suficiente, cualquier cama, igual vendrán el espejo y el hombre y la luna por las rendijas y la mujer amada en la cama. El muestrario por allá, el saco y el funji, el agua en la cara y en los sobacos, el sueño atrasado. Pero no pienso dormir, no te voy a dar otra chance, espejo, hombre, luna, mujer. Doña Rosa, la molesto, donde se puede comer, acá nomás en el club saben tener cena, le agradezco, vaya con Dios m’hijo. La fresca que ayuda a despabilar y el olor a tilo, y el radio teatro de Tarzán que se cuela por las ventanas, la plaza, el salon comedor del club, la mirada de todo el pueblo, como en todos los pueblos, que son uno solo, reírse por dentro y pasar como un espectro, mientras menos me noten, menos se desvian de sus preocupaciones de infierno chico. La barra es mejor, como y me voy, buenas noches, una imperial fria, cual es el plato de la casa, esta bien traiga uno, y si, la calor, si de la capital, vendo telas, si la tienda Rojas. Y de que otra cosa hablar, no, sabe lo que pasa sueño con un espejo y el agobio y la garganta seca y el hombre que parece se ríe pero no. Mejor comer y salir a la fresca, y esperar el sueño como quien espera el sol y la luna. La luna y la mujer desnuda, las rendijas y el amor. El amor no se ve, creo que esta ahí, pero como saberlo.

El tiempo que es fluido se para cuando se para el murmullo del pueblo, del comisario, del cura, de la señora del Rotary (no sé si hay Club Rotary, pero en todo los pueblos hay uno, podría apostarlo). Se para cuando entra ella, Paola y sus labios, sus ojos negros, su pelo también como la noche allá en el cielo pero sin estrellas. Y el tiempo que arranca de nuevo con los murmullos pero para mi no, solo arranca para mi con una caída imperceptible de sus párpados y una mueca de sus labios. Para llevar doña Paola, si para llevar. Y no sé por qué, pago y salgo y la dejo adentro, salgo a la noche, a la luna y a los tilos, y camino hacia algún lado como esperando. Una señal, quien lo apura tanto, mire que no es Buenos Aires, buenas noches Paola, ya comió, yo voy a eso, no le molestará al señor Rojas que la acompañe, el señor pasó a mejor vida, cuanto lo siento, no lo sienta como iba a saberlo, me viene bien la compañía. Ya no caminar porque no se siente el piso, no importa la Ñata o don Abraham, el pedido, el sueño. Serán los tilos, las estrellas, quizás es la luna reflejada en esos ojos negros, el aire que en forma de palabras brota de esos labios, la verja de la casa, la galería, los azahares y aquellos labios que se juntan a los míos. Y ya no hay tiempo, sólo hay el sonido de Louis Amstrong en la fonola, la imagen de un vestido que cae al piso, el olor a su cuerpo, mis manos y sus muslos, sus manos y mi espalda, ay Cesar, ay Paola, y el dolor de la vida abriéndose paso dentro suyo.

La bocanada de aire, ya sin agobio, el despertar, el levantarme sin saber porqué. Ella desnuda soñando a mi lado, la luna se cuela por las rendijas y la hace real, el espejo imperturbable frente a mi, pero no el hombre, el hombre está en una foto de bodas con Paola, en la comoda. El único en el espejo soy yo, el mismo gesto que es la cara de un hombre enamorado. Ahora soy el hombre que ahora vive en el espejo, el hombre que alguien está soñando. Al menos eso creo, como saberlo.

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Amistad

Ninguno de los dos sabía muy bien porque estaban allí, frente a frente, después de 20 años. Eran dos desconocidos. Ninguno de los dos era el adolescente que supo ser el amigos entrañable del otro. El Facebook los juntó. Alguno hizo un comentario que pareció una invitación. El otro no quiso sonar descortés. Y allí estaban, dos adultos que no se parecían en nada a lo que uno recordaba del otro, pensando “Quién mierda me mandó a aceptar esta cena”.

- ¿Te parece una botella de Finca Syrah?

- Claro, me había olvidado de que siempre te gustó cagar bien alto…

- Bueno, si no lo podés pagar yo…

- No, dale nomás

Lo que en otro momento hubiera sido una broma irónica se tornó casi una compadreada. El que te pensas que me dicen 200 mangos y el voy a meter la apariencia en el culo, retumbaba en las cabezas de los otrora amigos de la infancia.

Quizás fueron las anécdotas que comenzaron a surgir con el (los) Finca, que regó con delicia las entradas y las carnes que habían pedido para conmemorar los asados que ya casi habían olvidado compartir, quizás fue el reconocer en el fondo de los ojos del otro aquel compañero de los años más felices de la vida, pero al cabo de un rato, esas primeras escaramuzas eran ya parte del pasado.

Se mostraron las fotos de las mujeres, ex mujeres, de los hijos. Se contaron que les tenía preparado la vida desde que alguna circunstancia que no podían recordar (¿Melina, tu mudanza, las dos cosas?) los había separado en aquel fin de la historia de su amistad.

- ¿Abogado? Y siempre fumaste abajo del agua vos…

- ¿Físico teórico? Ja, sos el mismo idealista de siempre. Tu ciencia que todo lo puede solucionar

Aquellos ya no parecían puñales forjados en el acero de las palabras que buscaban herir, sino la confirmación de cada cual conocía a su compañero, confirmaba que eran ellos dos mismos, los de antaño, aún detrás de esos anteojos que resguardaban los ojos gastados de estudiar o ese traje impecable pagado a fuerza de clientes incrédulos o empresas codiciosas.

- ¿Te acordás del gordo Fernandez? Lo tuve que sacar de una jodida, fundió la empresa del padre

- El gordo Fernandez, que tipo inútil por favor…

- ¿Y vos te acordás de la colorada Gandini? Yo tenía razón, era torta la colorada…

- Bien que te la querías fifar a la Gandini, ¿eh?

El Syrah los estaba casi obligando a hacerse promesas de retomar aquella amistad interrumpida (estoy seguro que nunca nos peleamos, ¿vos decis?), para ahora sí perdurar por el fin de los tiempos, cuando el mozo se acercó con la cuenta, con una mirada que preguntaba cual de los dos sería el pagador. Cuando uno de los comensales se adelantó a tomar la cuenta, el otro le agarró el brazo.

- ¿Qué hacés?

- Pago yo

- Dejate de joder, pago yo

- Por qué?

- Dale, dejá, yo me lo puedo permitir

- Claro, como soy un científico mugroso no lo puedo pagar, ¿no?

- No seas sarcástico. Me doy cuenta que no podés…

- Ah, el señorito me trata de pordiosero

- Y tu orgullo no te deja ver la realidad

La mirada risueña de todo el restaurant, que observaba como dos tipos grandes que hasta hace 5 minutos se reían cómplices ahora levantaban la voz, mutó a incredulidad cuando el de anteojos tiró una piña que cortó el aire y aunque no llegó a destino, enmudeció el murmullo reinante. La cara del hombre de traje se transformó mostrando una rabia contenida por años. El mozo lo trabó de atrás antes de que aquello pasara a mayores. Un pelado hizo lo propio con el hombre de anteojos. Sin posibilidades de descargar su furia con el cuerpo, dejaron que las palabras hicieran su trabajo.

- ¡Hijo de puta! ¡Me querés pegar porque no quiero que gastes la guita que no tenés!

- ¡Vos todo lo arreglas con plata como siempre, cagón!

- ¿Yo cagón? ¡Vos sos el cagón que no se jugó por Melina cuando la dejaste con el bombo!

- ¡Si el pibe ese era tuyo hijo de puta! ¡Me cagaste la mina! ¡Era tu mejor amigo, garca!

- ¡Te dejó por maricón! ¡Vos y tu amor platónico! ¡A Melina le gustaba la pija, pelotudo!

A las viejas no les daban las manos para tapar los oídos de los chicos que miraban divertidos como esos dos adultos hablaban con las palabras que a ellos no les dejaban decir. El mozo no aguantó más, el de traje se zafó y tiró un directo que fue a parar a la mandíbula del pelado que sostenía al de anteojos, este se liberó y revoleó una silla. En unos segundos, el salón era un caos total, el pelado se la agarró con el mozo, la esposa del pelado con una vieja que gritaba que con los militares esto no pasaba, los niños corriendo alrededor de las mesas volcadas, el sonido de las sirenas de la policía alertada por alguien desde el restaurante no tardó en colarse por la puerta que quedó abierta después de que algunos comensales aprovecharan el quilombo para salir del local. Cuando llegó el agente que quiso averiguar el origen del tumulto, el mozo no pudo individualizar a los dos contrincantes.

Cuando giró en la esquina, el abogado recibió un mensaje en su smartphone

Después de 20 años este pagadiós sigue funcionando tan bien como el primer día

Rió con una carcajada que vino desde el fondo de su adolescencia. Tipeó en la pantalla touchscreen:

Acordate del sábado en casa. Traé a Flor y a los chicos que Melina tiene ganas de conocerlos.

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Reproches.Susurros.Silencios.

Ay, mi amor, bichito, cosita, el tiempo no deja que tu recuerdo se aleje de mi. Las gotas de lluvia golpean las tejas como tus reproches me golpearon mientras estuvimos juntos: vago, ausente, frio, cornudo servian para adjetivar mi desempeño como pareja. El viento me susurra como vos, ¿te acordas, Gaby? ¿te acordas como me convencías de cualquier cosa, susurrandome al oido? bicho, mi amor, cosita, gordi eran tus armas sentimentales. Y cuando la lluvia cede, surge el silencio tronador que tanto me lastimaba, ese que usabas aliado a tus ojos verdeagua para decírme lo poco hombre que era, lo mucho que te dañaba, mi falta de amor.

Te recuerdo y se me seca la boca, impide que el sueño venga a noquearme a pesar de mi cansancio. Seguís en mi cabeza, te negás a ir, ay, amor. Quizás un vaso de agua ahogue tus recuerdos. Veo a mi braco alemán (el tuyo debiera decir), que lucha con frunción contra el clima y el jardín para realizar sus exploraciones subterráneas. Me ve a través del vidrio y la cortina de agua, me ladra como pidiéndome ayuda. No te voy a dar bolilla, seguí con tu trabajo sin pausa.

No sé cuanto pasó desde que logré dormirme, pero, ay, amor, tus reproches, tus susurros, tus silencios, retumban en mi cabeza como si alguien estuviera reproduciendo el soundtrack de nuestros años de amor a volumen de recital de rock. En esta borrachera de ensueño me hace creer que estás al pie de mi cama. Te veo, ay Gabriela. Reprochando. Susurrando. Silenciando.

Me tengo que levantar, me urge sacarte de mi cabeza. Doy vueltas por la casa (quedate quieto me solías decir), como buscando una explicación, tal vez con la esperanza de verte parada frente a mi, que me abraces, que me beses, que me reproches, me susurres, me mires en silencio con tus ojos verdeagua. Un rayo ilumina el cachorro (si, tu cachorro) que me mira erguido como un soldado que ya cumplió su misión, pidiendome proceder con su ojos.

Salgo a la tormenta empujado por tu voz, por tus reproches, por tus susurros, por tus silencios. Me arrodillo frente al pozo y con mis manos continuo la tarea comenzada por tu perro, mi amor, bicho, cosita. Mis uñas rompen la bolsa, toman tus huesos, los beso y llorando te pido por favor que vuelvas ya, ay amor, a darme tus reproches, tus susurros, tus silencios.

Mis gritos que te despiertan, ay, mi amor, estás conmigo. Otra vez tus pesadillas me reprochás, vení abrazame me susurrás, el silencio de tus ojos que me dice lo podrida que te tengo. Voy por agua de nuevo (¿querés algo amor?) y el cachorro que castiga con huecos el jardín. Y pienso, que mejor, ay amor, bichito, cosita, mejor hago un contrapiso de cemento, después que entierre la bolsa. No sea cosa que tus reproches, tus susurros, el silencio de tus ojos verdeagua me convezan, entresueños, de irte a buscar de nuevo.

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El soñador

Tenía el raro privilegio de tener todo lo que deseaba, menos una cosa. Desde chico supo que lograría todo aquello que se propusiera, sólo era cuestión de tiempo. Y de inteligencia. Y de voluntad. Y de carisma. Tenía cantidades enormes de todo eso para conseguirlo todo, menos una cosa. Pudo haber sido Nobel en cualquier ciencia dura, o en literatura, o en economía (aunque no éste no era un verdadero Nobel). También podría haber sido Presidente, o mejor, estrella de Hollywood o Rockstar. En cambio se hizo millonario con sus conocimientos de física cuántica jugando en Wall Street, manipulando el ADN y acertando a las 4 cifras en la quiniela clandestina. El carisma lo usó para acostarse con toda la paleta de colores de Koleston y el catalogo entero de Victoria Secret’s. Acaso por ese único deseo que no podía cumplir, se mantuvo en el bajo perfil que exige un secreto inconfesable o un anónimo superhéroe.

Cada noche tenía su Tártaro personal. El único aspecto de su vida que no podía controlar (y lo había intentado con Freud, con Buda y con las drogas) se le venía encima tarde o temprano. Todo aquello que soñó (usando la acepción de un objetivo a cumplir) lo consiguió, menos soñar (en el sentido onírico del término). Para ser más precisos, sólo soñaba con una única cosa. Para ser aún más precisos, tenía un único sueño con pequeñas variaciones. Un techo, acaso palabras (o símbolos) escritas en un idioma desconocido para él, los rayos del sol moviéndose a medida que avanzaba el día (la noche para él).

 

Con el correr de los años, usó su inteligencia para aprender aquel extraño lenguaje (que resultó ser el sánscrito); dedujo el dueño de la mano que había empujado el pincel que pintó los frescos que adornaban el techo derruido; reconoció una manga que cada tantos años cruzaba su sueño (la vista en su sueño) como el vestido característico de unos monjes de la India septentrional de los templos de la dinastía Chandella; dedujo las coordenadas de aquel lugar por el recorrido que hacía el sol en cada una de sus noches, desde que tenía uso de razón.

 

Viajó en su jet privado, llegó a aquel templo de los Vastu-Sastra. Se entrevistó con el monje principal y pidió ver el sikara, lugar de sus sueños constantes. El monje a modo de advertencia, quizás de consejo, profesó en una lengua extraña que de todas maneras entendía, tal vez por ser parte de su sueño:

 

“El cosmos no distingue arriba de abajo, derecha o izquierda, pasado o futuro. La causa se confunde con el efecto”

 

A continuación le señaló la puerta de entrada al sikara. Allí encontró la bóveda que había visto todas y cada una de las noches de su vida. Vió los monjes que se cruzaban de tanto en tanto, la luna apenas iluminando los frescos y las leyendas ancestrales escritas en sánscrito. Y en el centro de la cámara un catre. Y atado al catre un ser. Humano (tal vez). Sus extremidades deformes atadas a la estructura de madera que sostenía el catre, su cráneo desproporcionalmente grande con respecto a su raquítico torso. Disfrutando una muerte temporal que quizás mereciera o anhelara. Creyó comprender que la vida inerte de ese vegetal en el cuerpo de un hombre, representaba su sueño constante. Y que sólo había una manera de obtener su sueño más preciado.

 

De vuelta a Buenos Aires, usó todo su poder para enviar a ese obstáculo del deseo a un sueño eterno. Y se preparó para soñar. Sueño del que nunca despertó, error del que nunca reparó. Se creyó soñador, cuando era soñado.

 

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Deja vu

De: Gonzalo
Enviado: Lunes 27 de Septiembre de 2010 11:05 a.m.
A: Cecilia
Asunto: Una tarde soñada

Ceci,
Te acabás de subir al taxi, pero no podía dejar de escribirte, porque no sé si estoy viviendo un sueño, si pasó de verdad o mi cabeza me juega una mala pasada. Fue todo tan perfecto, que no podría pensar en una tarde mejor.
Desde que te vi entrar al restaurante, con tu solero negro cayendo perfecto sobre tu piel bronceada, con tu pelo negro resaltando esos ojos grises con los cuales soñé tantas veces en las últimas semanas, supe que sería una cita perfecta. Y aunque al principio dudé por la expresión contrariada que traías cuando te acercaste a la mesa, todas mis dudas se despejaron con tus primeras sonrisas, el poder tomar tus manos entre las mías, el poder sentir que eras real y no producto de mi corazón que hace semanas se enamoró de la idea que mi mente se hizo de vos al ir conociéndonos a la distancia.
Sentí que el tiempo no pasaba mientras me caía en la profundidad de tus ojos, y no importó la comida, el postre o el café, aunque debo decir que el vino amenizó perfectamente nuestra charla superficial sobre temas diez veces hablados en el chat o por teléfono (pero mi pecho estallaba por escuchar tu voz mientras tomaba tus manos).
Caminar por el borde del río como dos chicos entusiasmados por la posibilidad del amor, sin importar si alguien nos podía ver o no, casi una aventura, mirarte y desear ver en tus ojos la chispa que encienda los mecanismos del beso primero, y por fin poder besarte; todo eso lo he soñado mil veces y aún así fue mágico.
Por pudor, no hablaría del sexo (conoces mi timidez) pero no puedo evitar recordar tenerte en mis brazos, sentir el sudor de tu cuerpo en mi boca, mi carne en la tuya, tus ojos en los míos, tu susurros en mis oídos (Y no olvido que antes de todo, tu conjunto de Victoria Secret y el Angel o Demonio activaron mis sentidos más básicos).
Dejarte ir fue para mí un esfuerzo que sólo pude llevar adelante sabiendo que el martes podré mirarte nuevamente a los ojos y saberte mía otra vez.
Te amo (aunque creas que soy un exagerado)

Gonzalo
Enviado desde mi iPhone

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De: Cecilia
Enviado: Lunes 27 de Septiembre de 2010 11:24 a.m.
A: Gonzalo
Asunto: RE: Una tarde soñada

Gonza,
Estoy totalmente desorientada. Falta una hora para que nos veamos en Puerto Madero y recibo tu email. Tomaste algo? Soñaste? Espero me lo puedas aclarar, si es una broma empezamos mal, me parece de mal gusto…
Como sabés que tengo puesto? Eso es lo que más nerviosa me pone…

Ceci
Enviado desde mi BlackBerry®

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De: Cecilia
Enviado: Lunes 27 de Septiembre de 2010 08:12 p.m.
A: Gonzalo
Asunto: RE: RE: Una tarde soñada
Gonza,
Me muero amor! Sos un dulce, pensar que me puse como loca cuando me escribiste hoy, pensé que te habías vuelto loco. Tu sueño se cumplió tal como me lo contaste. Fue como ver una película de la que había leído el libro, esperando lo que iba a suceder luego, pero con la intriga de cuando y como iban a pasar las cosas. Fue vivir en Deja Vu permanente. Aunque sabía que me tomarías de las manos, me besarías y me harías el amor, todo fue mejor de lo que había imaginado…
Tan lindo fue conocer a la persona detrás de las fotos y las palabras, entregarme en cuerpo y alma a quien se atrevió a soñar conmigo, que no me importó la gente del restaurante, los paseantes del río y los curiosos del centro. No me importó que me descubrieran en falta, porque lo que nos pasa es mucho más grande que los riesgos.
Sos el amor que estaba esperando sacudiera mi aburrida vida. Tampoco puedo esperar que sea martes…

Ceci

Enviado desde mi BlackBerry®

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De: Lucas
Enviado: Lunes 27 de Septiembre de 2010 10:32 p.m.
A: Gonzalo
Asunto: Fotos

Capo,
Tengo todas las fotos, tal cual me dijiste las pudimos sacar en los lugares y a las horas indicadas. No sé cómo hiciste, pero salió perfecto. El gallego del telo me facilitó el video, previo pago de los 500 mangos y la mención de tu nombre. El boga ya tiene todo y me dijo que es suficiente.

Lucas

PD: Si querés, cógetela un par de veces más, total hasta que se de cuenta la cama que le hicimos van a pasar un par de semanas largas. Vos sabés como son los juicios de divorcio.

PD2: Para qué carajo querías saber que vestido, ropa interior, perfume(!) iba a llevar puesto??? Vos sabrás, tenés tus métodos supongo, pero hace tanto que no nos hablamos con Ceci que tuve que espiarla mientras se cambiaba…

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Series

La TV ya está en el canal de noticias, querés mate? le pregunto y si, dale hace frío, no?. Antes le había alcanzado la caja nueva con las piezas que ya estan desparramadas por toda la cama. El noticiero promete un informe sobre el asesino serial que está azotando la capital. El tipo de noticias que la gente gusta consumir como si fueran series o películas: lo suficientemente reales para causar miedo, lo suficientemente lejanas para estar relativamente seguro de que no te va a tocar a vos. El mate está caliente, machazo, perfecto para el frío que se logra colar por rendijas que no sabía existían. Comenzamos como siempre por las esquinas, no es fácil armar una pintura impresionista de más de mil piezas, sobre todo cuando es la primera vez que lo intentás. Esta nunca la armamos, no viejo? me dice, ajá le digo y sigo concentrado en el mate y en las minúsculas piezas que complican el armado con la semirigidez de la cama y el desconocimiento del tamaño exacto de la pieza.

Viste el hijo de puta este? me dice, ajá, le contesto. Cinco mujeres asesinadas en los últimas 5 semanas. La policía desesperada porque esperan que ataque a su sexta víctima esta noche, en cualquier momento. El presentador es bueno, es bueno el tipo. Va dejando mostrar las cartas de a poco, para capturar la audiencia. A ver poné esta pieza allá, le digo. Ahí? sí, ahí. Parece que el tipo mata mujeres casadas. Ajá, alcanzame esa celestita, esta? no, esa, sí. Ahí va tomando forma. Terminaste con el mate? si, tomá. La primera jovencita, recién casada pobre chica. La encontraron desnuda, pero no la tocó, debe ser impotente opina un psiquiatra de la policía. Son todos enfermos, viejo, que querés, me dice. Ajá, le contesto. El marido llegó y la encontró, asfixiada con la almohada. Como todas, todas asfixiadas. Me das esa que tiene verde y rojo? Si, ves, es del árbol. Rica la yerba no? De Misiones, es? Ta buena. Alcanzame los bizcochitos de grasa, le pido. La segunda es mas grande, pero jovencita, mirá que linda. Una vida por delante. Que barbaridad dice, que barbaridad, digo. Y el presentador sigue con su juego de mostrarte de a poquito. La primera de 17, la segunda de 19. Adivinó? pregunta el tipo cuanto tiene la tercera?, 21? No, 23. Y que tienen que ver esos números, me pregunta. Son números primos, querida, le digo. Números divisibles sólo por 1 y por si mismos. Ah mirá, entonces es un tipo inteligente el asesino. Y si vieja, ni una huella, no lo pueden agarrar. Pero el presentador no dijo que hay más pistas? me dice, Ajá, le digo.

La tercera de 23, casada, desnuda, asfixiada por su propia almohada en su casa. Igual que las otras, la única diferencia la edad, pero también otro número primo. Mirá, mirá, esas dos encajan justo acá, ya tenemos la arboleda encaminada. Le cambio la yerba? No, aguantalo un poco más que está rico. Estos bizcochitos son una droga, le digo. Mmm sí, me dice, mientras le dá un último sorbo al mate. El periodista dice que hay otra cosa que se repite en las muertes. la hace bien el guacho, te atrapa, no querés cambiar de canal. Dejá acá, dejá acá, ese Tinelli siempre lo mismo. Dejá que quiero ver si lo van a agarrar o no al tipo este. Vos crees? me dice, no sé, le digo, parece que saben bastante. Todas estaban embarazadas, mirá vos. De pocas semanas, pero preñadas. Que monstruo me dice, ajá le digo. Como sabrá, preguntan en la tele, como sabrá nos preguntamos. Ni se les notaba la panza dicen los familiares. Muy raro, me pasás esas dos de ahí, mirá los caballos corriendo por la pradera ya están. Ya lo tenemos listo, me dice, ajá le digo.

Y la cuarta y la quinta viejo, cuantos años tienen entonces?, me pregunta. 29 y 31 le contesto, mirá ahí seguro lo dicen. Ahora si, pará que caliento el agua y cambio la yerba, pero rápido que ya vienen de la propaganda. Mirá si, 29 y 31 nomás. Todas rubias, viste viejo? Ajá, todas rubias, como vos vieja. Ay, pero sos chistoso eh, pero yo soy teñida. Ya sé, ya sé, pero esas no sé, no dijeron no? No, no dijeron. Que nos falta completar? El campo de flores nos falta. Dale que ya lo completamos. Mirá gordo, van a decir algo mas, mirá. El conductor es bueno, eh, la tiene clara. Como te hace poner nerviosa, me dice. Ajá, dejame escuchar, vida. Todas jugaban juegos, mirá vos! La de 17 poker, la de 19 Go, la de 23 dominó, la de 29 TEG, la de 31 ajedrez. Todas tenían en su mano derecha una pieza de su juego. Que mente retorcida, no? Ya está el mate, mi amor? Si, tomá. Y con todo esto como no lo atrapan, no? Y debe ser vivo el tipo, boludo no es.

Ya lo tenemos el rompecabezas, ya lo tenemos, mirá faltan poquitas. Terminalo vos gorda, que yo me tomo otro mate, le digo. Me pongo a repasar, Poker 17, Go 19, Domino 23, TEG 29 y Chess 31. No fué fácil conseguir la serie, no. Que estén embarazadas, pero no de pocas semanas. Nada fácil, fue. Pienso en estas semanas de odio y de bronca. De enterarme que esta turra se embarazó del amante, no me dijo nada. Mirá viejo, la última pieza, me dice y se convierte en  Puzzle 37. La almohada hace su trabajo ante sus ojos que muestran más desazón que tristeza, mientras las mil piezas del rompecabezas se desparraman por sus convulsiones. Pienso en las otras pobres pibas que sólo fueron una coartada para crear otros sospechosos y pasar a ser uno más de los atormentados maridos víctimas del Loco de la Serie. Y en una semana ir por Dice 41, la serie tiene que seguir, no conviene parar acá. Mierda que está rico el mate y hace frío, che.

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Archivado bajo cortodegenio, Cuentos